En la fría mañana de 1782, una lluvia pertinaz cae desde el amanecer. La plaza de Gladis está húmeda, el lodo ensucia los zapatos, mancha los pantalones de los hombres y los vestidos de las damas. Poco importa. Desde temprano han acudido para ocupar los mejores puestos. El espectáculo que esta por comenzar bien vale la pena.
Por el este ya se levanta un murmullo que pronto será algarabía. Un grupo de soldados, gritando ordenes se abre paso violentamente entre la multitud. Detrás de ellos viene la carreta enjaulada.
Atada con cadenas a una esquina, una mujer alta, bien proporcionada, de cabello oscuro, tez sonrosada y ojos marrones miran el suelo. Anna Goeldi, así bautizada, está demacrada, su cansado rostro refleja profunda resignación. Ha perdido toda esperanza.
Ya en medio de la plaza, la cautiva se sabe el centro de atención, sin embargo siente la sensación de ser observada de modo distinto. Levanta la vista y lo ve. Allí, apartado del sordo barullo, esta él; alto, fornido, en silencio. Su duro rostro no refleja ningún sentimiento, ni un solo remordimiento aflora de su alma, a pesar de ser el causante de toda su desdicha. Sus miradas se encuentran, por un momento la mente de Anna viaja al pasado...
Recuerda el día en que comenzó a trabajar como criada en aquella recia casa de cuatro pisos. Imponente, con el blasón familiar de los Tschudi coronando la fachada. Estaba alegre, el poder emplearse con una acomodada familia le iba a dar sustento por largo tiempo, solo debía portarse bien, cumplir con el trabajo y ser sumisa.
Los primeros tiempos fueron tranquilos, el trabajo compartido con otras sirvientas se hacía sin mucho esfuerzo y la paga era buena. Más todo era el preámbulo de la tormenta que estaba por desatarse, rabiosa, cruel, inhumana, con la oscura intención de no saciar su furia hasta acabar con su vida.
Ese día llegó. Era un domingo en la mañana. Ella limpiaba las escaleras distraída cuando sintió una mano acariciar su cabello. Rápida cual relámpago, se vuelve. El señor Tschudi la contempla:
–Eres hermosa –dice.
Anna se sintió desfallecer. Desde niña le habían enseñado a no meterse con hombres casados. El adulterio era seriamente castigado en Suiza. Evitarlos era la manera más inteligente de sobrevivir en este mundo dominado por los dogmas religiosos. Él se le acerca aún más.
–Señor, por favor, alguien puede vernos. –En vano se escuda Anna en este argumento, conoce que todos han salido. La señora Tschudi a la iglesia con las niñas y las demás sirvientas a sus casas. Solo ella, por ser de otro pueblo, vive en la casa de sus empleadores.
–Estamos solos, lo sabes.
Anna intenta resistirse, pero la mano del señor Tschudi la sujeta fuerte por la cintura. En su interior, este apuesto hombre la atrae y ella hace mucho tiempo no siente el calor masculino tan cerca. Se deja llevar, se besan. Sin saberlo ha sellado su destino…
– ¡Arderás en el infierno, bruja! –Este grito, resonando a su lado, la vuelve a la horrible realidad. Se voltea y ve a la señora Tschudi. El rostro congestionado por el odio, los ojos llameantes de ira. Jamás la había visto así.
De súbito, un haz de clarividencia envuelve a Anna. Los acontecimientos pasados van perfilándose entre la niebla de duda que los cubría. La señora Tschudi conocía su secreto y en silencio había preparado su venganza. El saberse engañada le excitó morbosamente la imaginación. ¡Las agujas! esa idea algo olvidada en este Siglo de las Luces había funcionado…
Cuando apareció la primera en la leche de las señoritas se armó un alboroto tremendo. Por suerte ninguna llego a beber. Los niños son ángeles y el cielo los protege. Sino como sería posible que el pote fuera derramado por su madre un segundo antes de comenzar a beber. A los dos días, el destino no fue tan propicio, esta vez el mal se oculta en un mendrugo de pan y por poco la señora Tschudi es victima del Maligno.
– ¡Eres una bruja, Anna Goeldi! –Grita descompuesta la pobre madre, al ver a sus hijas expuestas a tan salvaje peligro. – ¡Fuera de esta casa! ¡Inmediatamente!
La joven sirvienta, horrorizada, ve su futuro desvanecerse. Desesperada acude al señor, él impávido la rechaza. Sumido en el silencio, un pensamiento inunda su mente: si ella habla de su relación estará perdido. Su carrera política, ahora en ascenso, se desmoronará como un castillo de naipes. Debe procurar su silencio. Pero ¿Cómo?...
Un niño tira una piedra que golpea la frente de la condenada. Los soldados intervienen. La sangre brota de la herida. Siente dolor, siempre el dolor, pero este no es nada comparado con el pasado en prisión, con esos horribles hombres de negro, la fría pared, las cuerdas que la sujetaban por los pulgares y sobre todo la piedra atada a sus pies. ¡Dios cuanto sufrimiento!
Cuenta que Satanás, en forma de perro negro, se le apareció una noche para darle las agujas. Eso basta. Un cura, cuyo rostro ha olvidado, ordena que la desaten y le acerca un papel con signos indescifrables. Anna, iletrada, firma con una cruz. El dolor la había condenado…
La carreta ha llegado a destino. Sacada de su encierro. Los soldados la conducen, casi a rastras, al entablado. Allí la espera el verdugo. De su negra máscara sobresalen unos ojos sin expresión, en su mano derecha sujeta una enorme espada de hoja tan brillante que Anna ve reflejado su rostro. Cruel ironía el verse en el espejo que acabara con su vida. A su lado reposa un enorme tajo de madera.
El verdugo levanta sin esfuerzo el arma, apoya con delicadeza la cabeza de su victima en el tajo y aparta con sus toscos dedos los cabellos. Precaución necesaria sino quiere errar el golpe. Ella siente el aire fresco recorriendo su nuca; percibe un cosquilleo como el de las heridas que comienzan a sanar. Extraña sensación. Pasan segundos que le parecen horas. Escucha un zumbido, un sonido seco. Después nada, silencio. La muerte.
…
¿Se ha hecho justicia? ¿Se ha cometido un asesinato? No sabemos. Ha sido decapitada la última bruja de Europa.