En una ocasión comentaba sobre esta serie televisiva que estaba disfrutando y consideraba cargada de positivos valores humanos. Hoy he concluido la segunda temporada en el colmo de la satisfacción, asombrado por la maestría con que sus guionistas han elaborado todos y cada uno de los capítulos. En ellos se expone a cada segundo la necesidad de afecto que tenemos los seres humanos y que ocultamos tras una coraza de inquebrantable acero.
El amor familiar, ese sentimiento del cual estamos rodeados desde nuestro nacimiento está continuamente presente, pero enfocado su verdadero aspecto, vital y preciso para la vida. La esencia de la felicidad radica en sentirnos parte de un lugar o grupo social que tiene su núcleo en la familia donde somos queridos o en algunos casos odiados, influyendo en nuestro comportamiento para con el resto del mundo.
Si carecemos de afecto familiar, sino existe ese rincón donde somos queridos, actuamos en consonancia y puede que nos convirtamos en especímenes huraños, cargados de odios y envidias al tener mutilada una parte de nuestra alma.
Como reflejo interno vamos por los caminos buscando la guarida que nos pertenece, la cual debe existir en algún sitio. Todos somos parte de algo, los ermitaños corresponden al bosque o al desierto, entre las arenas o los árboles encuentran su amor interno que los colma de felicidad, los seres viles, esos que tienen un alma oscura idolatran también, aunque el objeto del deseo sea inmaterial.
Kyle XY es un buen ejemplo de búsqueda, la necesidad vital de cariño con su base familiar conforma la vida de los personajes, transformándolos en entes buenos o malos según posean o carezcan de amor, la más antigua necesidad humana.
Kyle XY, una temporada de afecto
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